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De la Novela de Victor W. Von Hagen: Las Cuatro estaciones de Manuela ... PDF Print E-mail
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Sunday, 20 February 2011 11:19

Ahora comprendían lo que el ejército tendría que encarar en cuan­to abandonaran las cálidas tierras de la costa y subieran a los Andes a presentar batalla a los realistas. El mundo era aquí yermo, color de estiércol, de temperaturas extremas. Por las noches, helaba; durante al día, el termómetro subía por encima de los treinta grados centígrados. No había más alimento que el cultivado por los indios para su propio consumo. Los vacunos merodeaban por las alturas tan indómitos como los leones; había que cazarlos como animales salvajes. No había donde refugiarse del viento. Las tropas que cruzaban la puna durante granizada tenían que cubrirse los rostros con las mochilas, porque hombre podía fácilmente quedar maltrecho por aquellos trozos de hielo que llevaban la velocidad de una bala perdida. Manuela había visto las manos de los soldados de un regimiento sorprendido por una de estas tormentas; estaban desolladas, cortadas y sangrando, como picadillo. Y luego estaba el temible soroche, la enfermedad de la montaña que provocaba repentinos desvanecimientos. A cuatro mil metros de altura aire enrarecido hacía la respiración muy penosa. En una ocasión, batallón de patriotas pasó a Manuela, en rápida marcha, por la puna; de pronto, al escalar una elevación de la meseta, los hombres se derrumbaron uno tras otro, como segados por invisible guadaña. Nunca, en toda la historia del mundo, se habían librado batallas en terreno tan inhos­pitalario.

Manuela habla quedado tan aturdida por la rápida sucesión de los acontecimientos, que hasta ahora no había podido valorar el desas­tre de Lima. La situación era angustiosa. Con Lima y la fortaleza del Callao en manos de los españoles, los patriotas sólo dominaban ahora una delgada franja del Perú septentrional. Los Andes eran una tierra de nadie. El campo no podía mantener a fuerzas numerosas; las pata­tas, la cebada y la quinua que se cultivaban en aquellas áridas tierras altas apenas bastaban para alimentar a los indios. Bolívar había perdi­do la capital, el tesoro y el puerto por donde podían llegar los abasteci­mientos. Su Gobierno eran tres hombres a caballo, sus ejércitos care­cían de medios de ataque y el enemigo, con diez mil hombres, los rodeaba. El Libertador enfrentaba un desastre. Sin embargo, cuando le preguntaron: "¿Qué hará usted ahora, mi general?", contestó: "¿Yo? ¿Yo? Triunfaré."

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