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El Amor entre Manuela Sáenz y Simón Bolívar (La 3ra Estación de Manuela - Capitulos 11 y 12) PDF Print E-mail
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Saturday, 26 February 2011 13:33

Manuela y Simón ... los libertadores de Sudamérica.

 

Saludos en el día de la Llama Violeta de Saint Germain ... día de Saturno de la Transformación, y de la Diplomacia.

   En esta foto (ver arriba) se ve claro Manuela y el Libertador.

   Cada vez que leo un capitulo ... de este maravilloso libro de Victor W. Von Hangen es para mi como escuchar una música muy especial.

    La verdad cura, y la mentira enferma ... y el mundo esta muy enfermo de tantas mentiras dichas y aun vivas.

   ¿Como eran Bolívar y Manuela ... físicamente? ... No importa. Poco importa. ¿Como fue la historia y su vida? ... La respuesta es la misma. No importa.

   Estudiar el pasado es como sentarse a comer; sirve para nutrirse ... pero tan pronto como el pasado se cura ... este puede ser olvidado otra vez.

   ¿Es importante descubrir porque Jesús no estaba dentro de la cueva donde fue puesto después de muerto? ... ¿Porque el sepulcro estaba vació? ... Si, es muy importante, pero yo, Giovanni no lo voy a decir.

   ¿Es importante que Sudamérica conozca y cure su pasado? ... Claro que es importante.

   El presente de Sudamérica es hoy para algunos una Pesadilla comparado con otras realidades como la tranquila y Social Europa o la Avanzada unión de países de Norteamérica, llamada Estados Unidos.

   Pero a pesar de esto, milagros siguen sucediendo en Sudamérica, como en Chile el año pasado, con 33 mineros.

  Mi corazón es muy firme y es poco lo que conmueve.

  Si Sudamérica se uniera ... yo me conmovería ... ciertamente.

  La música militar de Sudamérica sigue sonando. Muy fuerte. Puede ser que como propaganda anti-Yanki ... algunos comunistas digan falsamente que EE.UU es un Imperio porque envía bombas sobre gente inerte ... sin mirarse al espejo ... y ver como Hugo Chavez entro en Venezolana de Televisión para dar un golpe de Estado ... apenas en 1992. La música guerrera de las FARC aun suena en Colombia ... y estos locos, ambos, se llaman ... "Ejercito del Pueblo", representantes del Pueblo.

   En el capitulo 10 del Libro de Von Hagen ... Manuela y todos los oficiales de Bolívar fueron apresados por un golpe, organizado por Santander ... en Perú ... en Enero de 1827.

  Cuando hay locura ... y hoy existe aun mucha locura en Venezuela, y en Sudamérica ... la locura lleva a mas locura.

 ... Según Santander ... y utilizo esto como excusa ... Bolívar había servido para dar la Independencia de España, ahora debía ser realizado otra independencia ... la Independencia de Bolívar, y Santander veía al Libertador como a un Dictador.

  ¿Era el Libertador un Dictador? ... Claro que no.

  La gente no entiende que sistema político debe regir el mundo. Capitalismo, Comunismo, Socialismo, Monarquía ... u otros ...

  Mientras el Capitalismo ... crea la ilusión de realizarse a si mismo, el Comunismo dice que somos todos iguales. Ambos aquí están en lo correcto. Pero ninguno consigue la Felicidad del ser humano.

  Yo, Giovanni les digo cual es el sistema político que crea la Felicidad y la Armonía. No, no es religioso.

  Es el siguiente. Es ser humano es como una llama de Dios ... un pequeño Dios, una pequeña parte de Dios ... pero consciente de si mismo, con Ego.

 Este ego lo impulsa a realizarse dondequiera que se halle, en cárcel, bajo dictadura, bajo racismo, o simplemente como peon de fabrica.

 Mientras se arrodille, nunca sera nadie. Ni arrodillándose delante de un Papa, ni arrodillándose delante de un Rey (o Reina), y mucho menos delante de un Dictador. (Estas cosas son muy serias).

 Si el ser humano se realiza y reconoce al Dios interno ... y que el no tiene solo una consciencia propria, pero que también forma parte de la Familia de Dios, entonces él entiende el camino. El entiende que es igual ... como hijo de Dios (como dice el Comunismo), pero distinto y con una realización distinta como propone el Capitalismo.

  Una vez que se realiza ... ya no necesita creer de ser súbdito de nadie ... como se entiende esa palabra hoy.

  Claro esta, que un Guía, o Rey o Faraón es necesario, para explicar, para Guiar ... y quien sera esa persona ... pues simplemente el Líder que todos ven como tal, pues muestra el camino y da el ejemplo.

  Bolívar era esa Guía, y no era Dictador, pues el, Bolívar dio Libertad. Quien te oprime, y no actúa, y pide tiempo ... no es un Guía, es un estorbo ... y antes o después los estorbos son siempre desechados.

  Venezuela ha vivido muchas dictaduras, como la de Perez Jimenes o la de Argentina con Peron ... y los mas pobres de mente, los que piensan que no pueden por sus proprias fuerzas, preferirán un Dictador que siempre deseara mantenerlos en esclavitud. Es miedo a Ser alguien.

 Esta nueva estación del Libro de Von Hangen, se vive en Colombia.

 Manuela viaja 150 Kilómetros en mula, para unirse a Bolívar, su amor ... porque el le dijo "Ven, Ven pronto".

  Esta estación esta compuesta por seis capítulos. Yo les incluyo aquí los primeros dos. El Próximo es cuando el Libertador vive un atentado contra su vida y es salvado por Manuela, y los tres finales se refieren a la muerte del Libertador, siempre en Colombia.

  ¡Que sueño incompleto! ... ¡Que desgracia! ... una verdadera desgracia para ver tantos años ... de dictadores, falsos reyes, y hasta Payasos que hacen lo que pueden ... y lo que hacen es lo que saben ... poco, mucho o nada.

Bendiciones,

Los dejo a los capítulos 11 y 12 ... que pueden leer aquí.

Gracias,

Giovanni A. Orlando.

PS. Como ven no es Socialismo, ni Comunismo, ni Capitalismo y tampoco un régimen Papal lo que les espera el mundo ... En una palabra ... realizar a Dios, y aprender a mandarse por su propria cuenta, teniendo un Guía, un Rey como Jesús ... pues Jesús te enseñaba a ser como el, Libre. Jesús te enseñaba a realizar a Dios en ti mismo ... siendo igual a el. ¿Complicado? No.

 

11

BOGOTÁ, CIUDAD DE LA SANTA FE

La ruina se cernía sobre las casas, se desplazaba como miasmas en torno a las hoscas gentes, se asomaba en las conversaciones en voz baja de los soldados y suspendía sus alas de terror sobre el país.

Manuela lo advirtió en cuanto cruzó la invisible línea que separa­ba a su país natal de Colombia. No hubo aquí vítores. No hubo palabras de aliento para los embarrados soldados de la escolta. Antes, estos lan­ceros venezolanos hubieran sido recibidos como hermanos en todas las casas; ahora, hasta los más míseros campesinos les volvían la espalda cuando los veían. La revolución había devorado todas las esperanzas, todos los sentimientos. El país había pasado en estos trescientos años del salvajismo al feudalismo, de la monarquía a la república. Ahora es­taba pasando de la revolución a la anarquía.

No había modo de ignorarlo. En un principio, Manuela hizo poco caso a los ¡Abajo Bolívar! recién garabateados en las paredes encala­dos, pero, cuando las quejas se hicieron verbales, soltó su lengua y mitigó a los propagadores del descontento con el lenguaje soez que podía utilizar en estas ocasiones. En todas partes, por toda Colombia, encontraba el mismo cuadro. A su llegada a cualquier localidad, la gente se le acercaba y le exponía sus lamentaciones. Se habían senti­do alentadas por un sueño de apocalipsis social que las guerras de la independencia iban a hacer realidad; ahora estaban recogiendo el trigo amargo de sus pérdidas ilusiones. Había enfermedades, pobreza, carencias. El comercio estaba paralizado. Los soldados, licenciados después de un largo servicio, iban de un lado a otro mostrando heridas gangrenosas que hedían. Todos decían que los tiempos eran peo­res que cuando los españoles imponían su ley al país. Bolívar era un tirano, tan sin principios como los godos que habían luchado por su Rey y la Madre España.

Tales eran las impresiones surgidas de monte a monte, de pueblo ni pueblo.

¿Qué era este dies irae que se cernía sobre Colombia, esta cantilena de caos que estaba en todos los labios? ¿Era la anarquía tan temida por Bolívar? ¿Era que la miseria, que ahora tenía el contrapunto del desafecto, se había convertido en disonancia? Manuela comprendía aho­ra por qué Bolívar la necesitaba; por él estaba haciendo el largo viaje a caballo de Quito a Bogotá, por montes altísimos y páramos barridos por vientos cargados de granizo.

Hacía meses que Manuela estaba sin noticias de Bolívar. Había descansado en Quito, en casa de su hermano, sanando su alma herida. Pero no llegó ninguna carta del amante, ninguna noticia que aliviara la amargura. Verse desterrada del Perú, ser tratada como una ramera, haber perdido en un instante la posición social tanto tiempo buscada, ser reducida a una momentánea indigencia, "no pertenecer" de nuevo...

En un principio, la ignominia del destierro y la pérdida de cuanto había significado algo para ella fueron absorbidas por el estupor de la conmoción, pero, cuando éste se disipó y la vida reclamó sus fueros, Manuela quedó abrumada por la inmensidad de su desgracia. Su hermano José María, ahora general en el ejército de la República, se mos­tró muy cariñoso. La llevó a su casa próxima a la Plaza de San Francis­co y trató de protegerla de las flechas envenenadas que lanzaban las mujeres de Quito, que, con rencor no mitigado por los años, dedicaron a la postrada Manuela un magnífico despliegue de animosidades. Todo esto hubiera sido soportable sin el silencio de Simón. Naturalmente, Manuela sabía que el Libertador estaba muy atosigado por los aconte­cimientos; desde que había abandonado Lima en el otoño de 1826, ha­bía estado en la silla cabalgando por la abrupta superficie de América del Sur, pasando de crisis en crisis. La rebelión de sus propios regimien­tos en Lima, apenas dejara la ciudad, provocó en él un terrible acceso de furor. Pero luego, separado por las largas distancias de todo contac­to con el Perú y obligado a una frustrada inacción, se hundió durante semanas en el letargo de la indecisión, tembloroso en las agonías noc­turnas de la fiebre y en las agonías diurnas de la melancolía.

En esto, un día, llegó una carta. Estaba fechada el 11 de setiem­bre de 1827 y había necesitado dos meses para llegar a Bogotá. Fue el general Arthur Sandes, a quien Manuela no había visto desde que fu*| ron desterrados, quien la entregó personalmente. Era una herme carta:

"A Manuela Sáenz:

El hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente de mi Manuela. No tengo tanta fuerza como tú para no verte: apenas basta una inmensa distancia. Te veo, aunque lejos de mi. Ven, ven, ven luego."

Era deseada. Pero esta carta no podía borrar en seguida el olvido
con que, ajuicio de ella, Bolívar la había repudiado. Iría, desde luego
porque comprendía que era necesaria. Pero haría antes su posición clara e inequívoca:

"Estoy muy brava y muy enferma. ¡Cuán cierto es que las grandes ausencias matan el amor y aumentan des pasiones! Usted, que me tendría un poco de amor la gran separación lo acabó. Yo que por usted tuve pasión y esta la he conservado por conservar mi reposo y mi dicha, que ella existe y existirá mientras viva Manuela.

El general Sandes llegó y nada me trajo de usted. ¿Tanto le cuesta el escribirme? Si tiene usted que hacerse violencia, no la haga nunca.

Yo salgo el primero de diciembre (y voy porque usted me llama), pero después no dirá que vuelva a Quito, pues más bien quiero morir que pasar por sinvergüenza "

Y partió, como había prometido. Y con un séquito ya conocido: un escuadrón de lanceros para guardarla, buena parte del equipo de Bolívar, dejado atrás por la rapidez de sus movimientos, los cofres de sus archivos privados, que la viajera había protegido como la caja de Pandora; las mulas con los baúles de viaje que contenían vestidos y ropas, las esclavas y los criados.

El jefe de la escolta era el coronel Charles Demarquet. Un francés muy dueño de sí y que había viajado mucho; condenado por su amor a la batalla a ser siempre un soldado, había combatido con Napoleón en Austerlitz, donde había perdido tres dedos. Era ahora ayudante de Bolívar; este intermedio con Manuela era un grato alejamiento de las revueltas y las represiones. Si hubo aquí oportunidades de conquista no las aprovechó. Un amigo suyo dijo después: "Manuela fue a Nueva Granada escoltada por mi amigo el coronel Demarquet... Siempre afirmo que había sido un guía platónico."

Fue un viaje largo y terrible. Hubiera sido ya bastante malo con sus mil quinientos kilómetros cuando los caminos eran la Carretera Real, bien afirmada con piedra, con sus puentes en buen estado y sus paraderos que funcionaban con real licencia. Ahora fue un viaje infernal. El alimento era escaso o faltaba por completo; los puentes destruidos por la guerra no habían sido reparados; las bandas de soldados licenciados infestaban los caminos, atacando a cuantos no tomaban la precaución de ir bien armados. A todo lo largo de la ruta, el general Bolívar había puesto en guardia a sus oficiales para que estuvieran atentos a la caravana de Manuela. Más aun: para cuando la viajera llegó al verde valle de Cauca, camino de la pequeña ciudad colonial de Popayán, la estaba ya esperando una carta de aliento escrita de puño y letra por el propio Libertador.

Así pasaban día tras día, cruzando lozanos valles, subiendo por las laderas de los Andes, bajando de nuevo por las gargantas de tumultuosos ríos. Llegó y se fue la Navidad de 1827. Nada la señaló, como no fuera una lluvia constante, una lluvia que había ocupado el lugar del sol. El clima y la hosquedad de la gente deprimieron a to­dos. Manuela tuvo que maravillarse de la extraña alquimia del amor. Porque el amor era lo único que la sostenía; la sensación de ser de­seada era un elixir que le procuraba ánimos para continuar. La carta de Simón, leída mil veces, estaba bajo su pelliza militar: "Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti... Ven, ven, ven luego."

***

Un mes y nueve días después de dejar Quito —pocos días después del Año Nuevo de 1828—, la caravana de mulas llegó al llano que rodea Bogotá. Los animales, salpicados de barro, agotados, con llagas montura después de marcha tan prolongada, parecían advertir el fin del viaje. En Cuatro Esquinas la caravana alcanzó el camino empedrado, todavía llamado aquí el Camino Real. Había aquí un pequeño asentamiento a lo largo del camino: casas de barro, sin ventanas, con techados de paja, arracimadas entre los magueyes.

Los lanceros desembarazaron sus piernas de los arzones, metieron sus pies en los estribos, enderezaron sus morriones de piel de jaguar y levantaron sus cañas de bambú con puntas de acero, de las i colgaban los pendones de la República; se estaban preparando para la entrada en la capital. Pero el cuadro de la recepción no cambió. Las gentes salían brevemente de sus casas y contemplaban al escuadrón, seguida, hoscamente, se retiraban adentro y atrancaban las puertas.

La tierra tampoco sonreía. La luz gris de un día lluvioso temblaba en los sauces, dando tonalidades melancólicas a la verde sabana. Hasta la charlatana Jonotás, que podía extraer motivos de buen humor de las circunstancias más terribles, se había quedado callada.

Para Manuela no había más que un motivo para este descontento percibido a lo largo de mil quinientos kilómetros. Este motivo estaba contenido en una palabra, en un nombre. Era... Santander. Este "hombre de leyes", con sus estúpidos ditirambos acerca de la libertad, su lengua mentirosa y su doblez, había llevado al país a los lindes de la guerra civil. Bolívar había venido a Colombia para poner fin a la desunión pero su política de reconciliación no había hecho más que profundizar las heridas de la perfidia. Sabía muy bien lo que hacía falta.   ¿Cómo lo había dicho?

"Mientras los jefes se congreguen a mi alrededor, Colombia permanecerá unida; después, habrá una guerra civil

Sí, Bolívar era el catalizador. Las tres divisiones de la República —Venezuela, Colombia y Ecuador—tenían poco en común. En gran medida, sus intereses chocaban entre sí; no había una común política económica; las distancias eran grandes y difíciles de salvar. Los Andes inexorables, monolíticos, dividían la tierra en esferas de particularismo, cada una de ellas regida por un jefe que sólo pensaba en lo inmediatamente ente suyo. Sólo había un elemento —un ideal, un nombre, un hombre— que mantenía unidos todos estos factores discordantes. Era Bolívar. Su pobre Simón estaba consumiéndose prematuramente con aquel constante cabalgar entre las partes contendientes, tratando de mantenerlas en una apariencia de unidad hasta que la República pudiera del caos creado por catorce años de guerra. ¿Y cómo se lo trataba? penas abandonó Lima, Santander envió allí a sus agentes y provocó rebelión de los regimientos colombianos; los mejores oficiales del Libertador fueron arrestados y deportados del país que habían liberado, Santander no podía negarlo; había ordenado que las campanas de Bogotá repicaran en celebración del acontecimiento, como si se tratara de una gran victoria.

Para Bolívar, era la gota de agua que rebasa la copa, lo que necesitaba para convencerse de lo que Manuela sabía desde hacía I lempo, que Santander era verdaderamente "el enemigo". Y el Libertadla lo "Ya no puedo confiar en él. Ya no tengo ninguna fe en su corazón o su moral."

Bolívar reasumió, pues, las funciones de su cargo y pidió mas amplios poderes, a fin de hacer frente a las circunstancias del momento y de aplastar cualquier rebelión. Luego pidió una nueva Constitución. “Debemos hacer un nuevo contrato social; el pueblo debe redimir su soberanía."

Santander replicó con "¡Dictadura!" y se enfrentó abiertamente, con formidable poder, al Libertador. Bolívar insistió: "¡O caos!" Así quedaron levantadas las espadas. Ahora, donde antes había habido vítores, Manuela oía el nombre de Bolívar entre execraciones. Había llegado el momento del arreglo de cuentas.

Las calles de Bogotá estaban desiertas cuando entraron. El sol irrumpió a través de la densa niebla y brilló en el húmedo empedrado; durante unos instantes, dio vida a los bajos y abigarrados edificios; luego desapreció de nuevo tragado por la niebla. Manuela, que había vivido en medio de la alegre arquitectura sevillana de Lima, se sintió de deprimida al ver por primera vez la capital de Gran Colombia. Apenas podía creer que allí hubiera veinte mil habitantes. Las calles eran tan angostas que se podía estrechar la mano al vecino de enfrente. Los edificios no tenían nada de la leve alegría de Lima; parecían cajas; eran pesados, de gruesos muros de adobe, y se convertían fácilmente en fortalezas una vez cerradas sus grandes puertas. Las ventanas, provistas de gruesas rejas, no tenían cristales; se hacía frente al frío aire de Bo­gotá o a la curiosidad de los transeúntes con cortinas de muselina muy almidonada.

Bogotá se hallaba al pie de unos montes. Su calle principal, la Calle del Comercio, atravesaba muy derechamente el centro del casco urbano; a lo largo de ella, se alineaban monótonamente los comercios, todos con verjas y rejas, como si fueran cuarteles. En relación con Dios, Bogotá se jactaba de una divina suficiencia. Sus principales edificios eran iglesias o conventos: seis de frailes, cuatro de monjas y dos —el Colegio del Santo Rosario era el más famoso— dedica dos a la enseñanza superior. Bogotá, como Manuela iba a aprender pronto, era intensamente religiosa; a pesar de veinte años de guerra, la tercera parte de los inmuebles de la capital seguía en manos de la Iglesia.

El escuadrón, con el coronel Demarquet al frente, abandonó la sinuosa Calle de Florián y entró en la gran plaza, dispersando a cuantos indios que habían desafiado la fría y penetrante lluvia para sacar agua de la fuente del centro. La plaza era el anfiteatro de Bogotá; se celebraban en ella mercados los viernes, procesiones cuando decretaba el calendario religioso y corridas cuando se encontraban toros de lidia. Y ahora, con el reinado del terror sobre el país, aquí donde se efectuaban las ejecuciones. La Catedral, majestuosa maciza, se alzaba en un extremo; a los lados estaban los edificios públicos, en nada diferentes a las otras estructuras de un solo piso de la capital.

El coronel Demarquet llamó con su mutilada mano izquierda uno de los indios. El hombre se quitó el empapado sombrero, arreglo con unos tirones la ruana, parecida a una alfombra, que tenía sobre los hombros y escuchó con la debida humildad las preguntas que se le hacían. ¿Sabía dónde estaba en estos momentos el Libertador, el general Bolívar? ¿Estaba en su mansión —la Quinta— o en el palacio de San Carlos? El indio dijo que el general debía de estar viviendo en la Quinta, porque el coronel podía ver que Bogotá habían sacudida hacía muy poco por un terrible terremoto que había dejado sin tejado a muchas iglesias y parcialmente en ruinas al palacio gobierno.[1] 

Manuela hubiera preferido ir al palacio y no directamente a la Quinta. Después del largo viaje, necesitaba las atenciones de Jonotás: ser bañada y perfumada con agua de verbena, someterse al arte de los afeites, abandonar sus ropas de amazona y ponerse algún vestido fino que procurara a su figura gracia y porte. Hacía casi dos años — ¿necesitaba recordárselo al coronel?— que no había visto al general.

Demarquet era un soldado. Tenía sus órdenes y éstas eran lle­var a Manuela ante su general en cuanto llegaran. Aunque le agra­daba, como a buen francés, participar en un affaire de coeur, segui­ría en este caso al pie de la letra las instrucciones de Bolívar. ¡A la Quinta!

Mientras la noche tendía sus velos azules sobre las calles de Bogotá, el escuadrón siguió su camino. Los comercios estaban cerrados y las ceras silenciosas y desiertas. Sólo unas cuantas calles estaban levemente iluminadas por unas velillas que temblaban dentro de unos globos de cristal. Quienes se aventuraban a salir lo hacían acompañado por un criado, quien iba delante con una linterna para señalar el camino en aquella oscuridad de boca de lobo.

La villa de Bolívar —la Quinta— estaba al norte de la ciudad. El escuadrón avanzó con estrépito por el empedrado, provocando la alarma de un regimiento de perros aulladores; cruzó el Puente del Carmen, que salva el río San Agustín, y se dirigió a los suburbios.

La Quinta se hallaba en una elevación del terreno parcialmente vuelta por la niebla, al pie de una gigantesca montaña, en la boca del Boquerón. Por este hueco en los montes, la niebla, densa y pegajosa avanzaba sobre la ciudad. Sus cintas se adherían a los cedros, los robles y los majestuosos cipreses. Los árboles estaban abiertos de plantas parásitas que procuraban a los troncos un color verdegrís; estas plantas recogían la niebla y la despedían luego en tintineante lluvia. Sepultada en la masa de follaje, estaba la villa, muy iluminada. Llegaba a través de la noche, unido al croar de las ranas, rumor de voces y risas

—¡Alto!

La voz del centinela cortó la noche como el chasquido de un látigo.

—¡Alto!

Y los soldados, fusil en mano, salieron del pabellón de guardia que había junto a la entrada. Rodearon al escuadrón.

—¿Quién vive? —preguntó una voz impersonal, cuando las sombras se convirtieron en hombres y los hombres en fusiles con la bayoneta calada.

—El Libertador.

E1 oficial de guardia avanzó y dirigió su linterna al rostro del coronel Demarquet. El reconocimiento fue instantáneo. Un saludo. Y el ofi­cial se dirigió hacia los demás y examinó su documentación. Dirigió la luz hacia Manuela.

El perplejo oficial vio a una mujer de unos treinta años, muy dueña de sí, que lo miraba con una sonrisa enigmática. Estaba vestida con uniforme de húsar: pantalones rojos muy apretados y con arabescos negros, una pelliza militar y botas altas cuyas doradas espuelas tinti­neaban con la agitación del animal. Tenía a sus rodillas un par de pis­tolas turcas, amartilladas y en condiciones de uso. Y, como si su bello rostro no indicara ya que se trataba de una mujer, colgaban de las ore­jas unos pendientes de coral. Una mujer, vestida de húsar y cabalgando de noche... El oficial estaba a punto de comenzar un largo interrogatorio, pero el coronel Demarquet, que ya había disfrutado lo suficiente de aquella perplejidad, se inclinó sobre el arzón y dijo en un tono confidencial: "Es, señor capitán, la Sáenz."

A ambos lados del camino que conducía a la villa, entre los árboles cubiertos de musgo y enredaderas, había recuerdos de las batallas. Orgullosamente dignos, a pesar de sus rotas cureñas, se veía allí cañones que las tropas de Bolívar habían subido a las alturas de Carabobo. Había también morteros de bronce, utilizados en el sitio de Pasto, y piezas conquistadas a los españoles que todavía llevaban la armas de Fernando VII. Manuela avanzó entre estos trofeos y el tintineo de sus doradas espuelas se unió al croar de las ranas de los árboles.

Unas puertas de cristal daban acceso al salón de descanso, don las bujías, protegidas por cristales, arrojaban móviles sombras sobre las rojas paredes. A aquella suave luz, Manuela pudo ver unos muebles de caoba, de estilo Imperio y tapizados con damasco rojo; un sofá pintado con laca dorada; una butaca muy ornamentada con pan de oro. A la derecha, había un saloncito, también en rojo y oro, de cuyas paredes colgaban cuadros de las batallas de Bolívar. Una sola vela estaba encendida en la maciza araña de cristal.

Manuela pasó por la doble puerta a la biblioteca, una vasta sala de paredes empapeladas de rojo con un dibujo de hojas de tonos oscuros. Estaba iluminada por una gran araña de cristal tallado, en la que cien bujías brillaban como las Pléyades.

El día del Congreso de Ocaña estaba próximo y se habían congregado allí todos los guerreros de Bolívar, los jefes de las legiones que habían librado las decisivas batallas de la guerra de la independencia. Estaban William Fergusson, animado y alegre; el serio y menudo O'Leary, ahora general; el joven Bedford Wilson, el hijo de Sir Robert Wilson; y, muy afectos a la causa de Bolívar desde los días del Perú, el coronel Ibarra y Thomas Menby. Y el Dr. Moore, quejándose sin cesar de las calenturas que provocaba la humedad de Bogotá. Todos estaban allí y todos eran amigos de Manuela; todos estaban ligados entre sí por los ideales de Bolívar.

Se veían también caras nuevas. Una de ellas era la del general Urdaneta, un apuesto oficial superior actualmente miembro del gabi­nete militar del Libertador. Como su jefe, era venezolano y hombre muy cabal que demostraba en los momentos de tensión serenidad y bravura. En este mundo político donde la doblez de la víbora era de uso cotidiano,[2] permanecía firme y franco, asumiendo siempre la ple­na responsabilidad de sus actos. Su casa de Bogotá, donde reinaba su bella esposa Dolores, era un centro de refinamiento y nobleza. Urdaneta no tendría dificultades para incluir a Manuela en el afecto que sentía por Bolívar.

Tampoco las tendría José París. José —todos lo llamaban Pepé— era el único civil presente; llevaba una levita de fino paño azul grisáceo y camisa blanca de alto cuello. Era uno de los amigos más discretos de Bolívar, persona de mucha sensibilidad y que había viajado mucho; su padre había ejercido cargos de importancia bajo la Corona de España, Pepé París había vivido en España y Francia y conocía a todos los personajes. Se había puesto al servicio de la revolución; luego, terminada la lucha, había abierto las famosas minas de esmeraldas de Colombia y era ahora uno de los hombres ricos de Bogotá. Era un íntimo de Bolívar, al que ayudaba en la administración de sus bienes, pero a veces también entraba en el escenario político. Su ecuanimidad era odiada por el bando contrario.

Todos los presentes —salvo el general Córdoba, que no podía disimular el odio que sentía por Manuela— saludaron a la viajera con el respeto que hubieran mostrado a la esposa de Simón Bolívar, porque, aparte esto, era una compañera de armas que había pasado la prueba del fuego con ellos, lo mismo en la derrota que en el triunfo.

Era la víspera de Ocaña, el Congreso que iba a decidir el destino de Gran Colombia y, en un sentido más personal, la gloria de Simón Bolívar. Esta reunión de sus principales asesores en la villa era menos una conferencia para trazar estratagemas parlamentarias que un consejo de guerra para impedir la desintegración de Gran Colombia. Pero llegada Manuela, el consejo derivó hacia los personalismos y, con la animación generada por el whisky irlandés generosamente servido por Fergusson, se convirtió en un pandemónium.

Esto hizo que apareciera el secretario de Bolívar, Juan José Santana. No había visto a Manuela desde la partida de Lima y se alegró mucho de verla de nuevo entre ellos. Santana había sido quien había mantenido una continua corriente de correspondencia con Manuela, cuando Bolívar no había tenido tiempo para escribir; había sido el amanuense de la pasión, el hombre que había escrito las cartas de amor dictadas por Bolívar.

Llevó a Manuela al despacho de Bolívar, donde la viajera entro sin llamar. Había cabalgado mil quinientos kilómetros para atender al requerimiento: "Ven, ven, ven luego."

* * *

 

Algún tiempo después, cuando José Palacios estaba cerrando las puertas de la sala de descanso, oyó las risas de Manuela y el tintín musical de sus doradas espuelas que caían al piso.



[1]¡Que lastima que las Iglesias manejadas por los asesinos del Cristo y el palacio de Gobierno, donde se hallaba el déspota de Santander, hubieran sido sacudidas por un temblor! ¡La Justicia Divina existe!

[2] Bueno también hoy.

 

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12

LA DIALÉCTICA DEL AMOR Y EL ODIO

 

Caminaron por el jardín.

Era un hermoso día que todavía vibraba con las emociones de la noche; había en Manuela una aureola de hechizo y el perfume almizcleño de la pasión. El tiempo no le había quitado ni una partícula de su misterio y su fascinación y todavía recordaba —pocos lo hacían— como procurar a la intensa naturaleza de Simón Bolívar nuevas energías. Tomados de la mano, ella con un vestido de casimir y guarniciones de armiño y él con un uniforme azul adornado con arabescos de plata, caminaban entre los macizos de belloritas. Un jardinero sin dientes se inclinó ante ellos, mostrando sus desnudas encías, y farfulló con fisga cordial: "Excelencia, la Reina de Saba viene a admirar las bellas flores del jardín de Salomón."

Entre los cedros centenarios, donde las acampanadas fucsias dejaban caer como lágrimas sus pétalos rojos, se amontonaban las madre-selvas y las rosas silvestres. En el centro del jardín ornamental había a fuente tallada en piedra gris, cuyo surtidor llenaba los serenos días un eterno murmullo. La villa era una casa colonial de un solo piso, tejas rojas y pisos de ladrillo del mismo color; los techos eran bajos estaban decorados con panes de oro. Había cuatro habitaciones además del vestíbulo —biblioteca, salón, comedor y dormitorio—, cale­ntadas durante las frías noches de Bogotá por la chimenea de la biblioteca y braseros que se instalaban en los demás sitios. La villa había sido construida a comienzos del siglo por José Antonio Portocarrero, a mimbra de los montes de Monserrate. A la muerte de Portocarrero la finca había pasado a su hija, quien, bajo la sospecha de simpatizar con realistas, la vendió muy gustosa a la nueva República. El 16 de julio de 1820, la Quinta fue donada a Bolívar "como una modesta manifestación de gratitud y reconocimiento... por los inmensos sacrificios que habia hecho para la restitución de la libertad".

Esta villa era el hogar de Simón Bolívar. Si no estaba en campaña, se refugiaba aquí y, en la tranquila melancolía de las madreselvas y los redros, trataba de reconquistar algo de su pérdida personalidad intima. Y ahora, con Manuela aquí... Manuela advertía, a la clara y fría luz de la mañana, el gran cambio que se había producido en Bolívar. Su chupado y arrugado rostro hablaba de los días pasados al aire libre, bajo el implacable fuego del sol tropical. Los elementos habían marcado sus estrías en aquel rostro. El cabello, una densa maraña negra peinada al estilo romántico de Byron, era ahora ceniciento y se echaba hacia adelante en ordenado desorden, como agitado por el viento. Manuela quedó muy impresionada por esta apariencia. Había visto a Bolívar en su imaginación como a raíz de su primer encuentro en 1822, cuando el Libertador, con su uniforme rojo y oro, desfiló por las calles de Quito, triunfo sobre un caballo blanco.

Ahora, este delgado cuerpo, antes incansable, estaba agotado. Estaban en 1828 y Bolívar tenía cuarenta y cinco años, una edad que señala en los trópicos la declinación de la vitalidad. Bolívar era un hombre cansado física y mentalmente, aunque su pluma no había perdido el vigor de la expresión ni su voz el timbre de la excitación. Sin embargo, había allí señales de peligro que Manuela podía leer fácilmente. Veinte años de cabalgar por los montes en todas direcciones habían destruido aquella prodigiosa vitalidad. Bolívar era repentina y prematuramente un viejo.

Sus enemigos, cosechando los odios que habían sembrado, lo imputaban todo a Manuela, diciendo que Sansón, que había sucumbido ante las mañas de una mujerzuela, había recobrado finalmente las fuerzas suficientes para echarse encima la calamitosa estructura que habia levantado. Pero Bolívar no podía hacer esto; no tenía fuerzas para ello.

"Está hechizado por la Sáenz."

El tiempo había multiplicado el poder de Manuela, quien estaba convencida de que, si había alguien que podía salvar a Bolívar, era ella. Procuró que el Libertador no fuera molestado con pequeñeces. Era ella quien solucionaba muchos detalles con el pleno conocimiento que había adquirido de la política. Los visitantes no llegaban siempre hasta el mismo Bolívar; los secretarios y la misma Manuela se interponían para ahorrar fuerzas al Libertador... y dejarlo luchar con su melancolía. Aunque a veces se irritaba por el ascendiente que Manuela ejercía sobre Bolívar se dejó guiar en muchas cosas por su amante durante esta meras semanas. En realidad, la villa estaba bien gobernada, aunque sin mucho protocolo. María Luisa, una india cuyas numerosas enaguas le daban el aspecto de cobertero de té, era la cocinera. Petrona, tan graciosa como un carro de bueyes, barría las habitaciones. José Palacios, al parecer tan indestructible como los Andes, seguía actuando de ayuda de cámara y mayordomo del general. Esto dejaba tiempo a Manuela para actuar de señora de la villa. Un joven colombiano la recordaba en este papel:

"Fui recibido por una de las mujeres más atractivas que recuerdo; su piel era nacarada y su rostro oval; todas sus fac­ciones eran bonitas; sus ojos arrastraban, dinámicos y dominadores. Había en ella como una lozana humedad; se diría que acababa de salir de un baño perfumado con fragan­te verbena. Con halagadora suavidad, gracias a su criada Petrona que le había arreglado el vestido, me invito a pasear por el jardín de la Quinta. Esta gran dama era, en aquella época galante, el espíritu animador de la casa y la villa de Bolívar."

Estaban con frecuencia en el jardín, paseando juntos entre las hi­leras de pinos venezolanos que Bolívar había plantado en recuerdo del hogar de su infancia. Cuando el sol calentaba el delgado aire, iban paseando bajo un enrejado de flores hasta la piscina. Había sido construi­da como los baños de Calígula, con altos muros encalados, y sus aguas adquirían el color del lapislázuli cuando reflejaban el cielo de Bogotá. Allí arriba estaban las desnudas rocas del monte. Una pequeña habita­ción, con su piso de ladrillo alfombrado por juncos entretejidos, consti­tuía la caseta de baños de Manuela; al otro lado de la doble puerta de cristales morados, las aguas se rizaban invitando. Todo esto se convir­tió en una especie de coreografía del amor: el paseo, las confidencias, la sensación de hormigueo del agua y de nuevo el paseo a la luz del sol. El régimen impuesto por Manuela estaba dando buenos resultados; la tos de pecho que Bolívar trataba siempre de sofocar era ahora menos violenta; también volvía el buen humor. Tal sucedió, por ejemplo, cuando le trajeron un nuevo jardinero.

—Mi general, aquí está el jardinero que había pedido.

Bolívar abandonó el brazo de Manuela y, con la zumba cordial que era tan suya y hacía tiempo había perdido, se volvió hacia el viejo. Recomendado como persona respetuosa y honrada, había sido llamado a la villa sin decirle la naturaleza de la audiencia. Antiguo soldado, como cabía advertirlo en su capote azul mal remendado y en la cicatriz de un sablazo que le cruzaba la boca, tenía un rostro lleno de arrugas y estaba casi sin dientes, si se pasaban por alto aquellos dos incisivos aisla­dos asomaban por su labio superior. Había luchado a las órdenes ultimo Virrey y estado en Bogotá el día en que un correo trajo la desconcertante noticia de la abrumadora victoria de Bolívar en Boyacá. Por mucho que tratara de disimularlo, se veía claramente por su modo hablar que era un godo. Se había dedicado a toda clase de trabajos circunstánciales en la ciudad, procurando no llamar la atención, temiendo ser denunciado y acabar en la horca. Cuando le dijeron que tenía que presentarse ante Bolívar, se dijo que le había llegado la hora.

Se santiguó tres veces y siguió al guardia. Seguro de que todo había terminado para él, temblaba como la hoja de un árbol ante el Liberta­dor, a la espera de lo que suponía que iba a ser su sentencia de muerte.

—¿Cómo se llama?

—José María Álvarez, servidor de Vuestra Excelencia.

—¿De dónde es?

—De Cartagena.

—No parece usted cartagenero —dijo Bolívar, recordando que la mayoría de los habitantes de esa ciudad del Caribe tienen sangre ne­gra.

—Es decir, nací en Cartagena de Levante.

—Entonces eres un realista.

—Señor —dijo el antiguo soldado, angustiado y tembloroso—, soy español y republicano. Mire, Excelencia, nací en el valle de Andorra, que es una República, y mi madre era una catalana que...

—Basta, basta —dijo Bolívar, levantando el índice y moviéndolo a uno y otro lado delante del rostro de su perplejo interlocutor—. Basta. ¿Es usted casado?

—No exactamente —contestó el otro, muy contento de que se cam­biara de tema—. Es decir, no precisamente casado, pero lo mismo que si lo fuera.

—¿Qué profesión tiene?

—En mi país era hortelano, jardinero.

—Muy bien. Tendrá usted a su cargo la huerta de esta Quinta, siempre, claro está, que cumpla usted bien sus funciones.

—¡Por la Santísima Virgen! —exclamó el español, con ojos que lo brillaban de alegría—. Si la tierra es buena y tengo suficientes abonos, le proporcionaré, Excelencia, repollos y zanahorias como no habrá comido en toda su vida.

Bolívar echó la cabeza hacia atrás y se rió, apoyándose en Manual, encantado por esta mezcla de candor y arrogancia.

—Vaya, pues, que le darán cuanto necesite para producir eso. Y en adelante tendrá veinte pesos al mes.

José María, que no había visto esta cantidad junta en toda su vida, dejó caer su sombrero y hubiera caído a los pies de Bolívar par darle las gracias. Pero Bolívar se alejó y Manuela se volvió para decir al viejo:

—¡Vaya! No es tan fiero el león como lo pintan.

***

Bogotá no era Lima. En esta pequeña ciudad envuelta en los pliegues de los Andes, prevalecía un profundo sentido religioso que mantenía a la sociedad en rigurosa conformidad con las antiguas costumbres. Bogotá, en contraste con Lima, no era alegre y cosmopolita. Además, era hostil para el extraño; sus convenciones eran absolutas, y aunque Eros hacía de las suyas, como en todas partes, sus extravíos estaban cubiertos por un espeso velo de gazmoñería moral. La buena sociedad de Bogotá era deprimente y aburrida, pero tales eran los módulos de la ciudad. Y en este medio cayó Manuela.

Había sido precedida por su reputación —Santander había cuida­do de que así fuera—, y todos esperaban lo peor. No los decepcionó. Pa­seaba a caballo por las calles, vestida con su uniforme de húsar y acom­pañada por sus fantásticas esclavas; sus maneras, como su lenguaje, eran extravagantes, imprudentes e impetuosas.

"Un día —recordó después un amigo— iba a caballo por las calles de Bogotá cuando advirtió a un soldado que lleva­ba un parte, según la costumbre, en el extremo de su fusil. Manuela lanzó su caballo hacia el pobre infante y se apoderó del parte al pasar. El incidente apenas duró unos segundos. El soldado hizo fuego sobre Manuela; ésta frenó el caballo, dio media vuelta, volvió a colocar el parte en su sitio y se ale­jó de nuevo al galope. Fue un acto de locura."

Escandalizaba a la sociedad de Bogotá ver al Libertador-Presiden­te pasearse en un landó abierto, el único que existía en la ciudad, acom­pañado por su querida. Enfadaba a muchas damas de Bogotá, con quie­nes Bolívar había tenido aventuras pasajeras, ver que Manuela había triunfado sobre todas ellas. Enfurecía a los enemigos políticos del Li­bertador que esta ramera, según la llamaban, tuviera sobre él tanto ascendiente. Pocos sabían —y a pocos les importaba— que Manuela se había convertido en una necesidad vital para Bolívar; que la apasiona­da lealtad, la ternura y las locuras de Manuela formaban parte del cariño que el Libertador sentía por ella: "Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamen­te de mi Manuela."

Manuela se convirtió en el blanco de las flechas de los enemigos de Bolívar; unos volantes escandalosos, llamados papeluchos, ponían a la Sáenz en la picota de una manera implacable, so capa de objetividad. Esta “Madame du Barry”, la llamaban. Y gastaban botellas de tinta de impresión en alusiones clásicas al daño irreparable que la mujer que había entrado en la política había hecho al hombre. Y también la llamaban —era para ellos lo peor de todo— una extranjera. "¿Por qué preguntaba Manuela— me llaman extranjera y, en cambio, llaman “hermanos” a los que están al sur de nosotros?"

Era el más cortés de los epítetos que le dedicaban, pero ella repli­caba con otros tan hirientes y pronto cuantos la atacaron sintieron las uñas de esta amazona. Manuela sólo podía vivir en paz en el refugio de la villa.

Pero si Manuela podía escapar a los ataques personales en el ais­lamiento de la Quinta, no podía escapar a la política de ningún modo ni en parte alguna. Nadie podía hacerlo. Todos los movimientos de la ciu­dad estaban dictados por la política. Se manifestaba por doquiera. Era discutida en todos los hogares y todas las calles. Se comenzaba el día con ella y se seguía con ella a la noche. Pero la política no significaba ya la visión bolivariana de una América del Sur unida: era una política regional, mezquina, de partido, intensamente personal. Su cogollo era la lucha entre Bolívar y Santander. Toda Gran Colombia estaba dividi­da en dos facciones políticas que se enfrentaban mutuamente con violencia. No había transacción posible: nadie podía salvar esta dicotomía.

La nación estaba en bancarrota. El tesoro estaba vacío y Gran Co­lombia se hallaba asediada por los acreedores. El comercio había quedado paralizado. Las plantaciones, que habían florecido bajo el régimen español y declinado como consecuencia de la guerra, mostraban ahora un total abandono. Los caminos, mantenidos antes por la Corona, eran ahora lodazales. Había soldados licenciados por todas partes, enfermos sin dinero, con los uniformes raídos, sin más bien que promesas incumplidas de recibir sus pagas atrasadas. Bolívar se lanzó a la batalla eco­nómica para aliviar estas tensiones. Como en los antiguos tiempos, se mostró incansable. Se preocupó por los derechos de aduana, la agricultura, la instrucción, los hospitales, los esclavos y el bienestar de los soldados. Pero, a sus espaldas, sus enemigos continuaban con el fue devastador de las invectivas. Si él quería unión, sus enemigos políticos replicaban con el grito de "Libertad". Si él quería un nuevo contrato social, sus adversarios querían que se aplicara y perfeccionara el viejo.

La primera victoria, pequeña, fue de Bolívar. Su proyecto de nueva Constitución estaba preparado y fue convocada la convención constituyente en la pequeña localidad montañesa de Ocaña, a muchos kilómetros del envenenado ambiente de Bogotá. El programa reclamaba orden, pero todos sabían que aquello sería un caos. La situación exigía una mano fuerte. Y así, en marzo de 1828, Bolívar se dirigió a la convención, a pesar de estar atormentado por la tos. Nunca llegó allí, en camino, las cosas comenzaron a desarrollarse como él había temido. La desunión de Gran Colombia había reanimado a España y su flota operaba frente a la costa, buscando un lugar donde desembarcar tropas. Luego, ochocientos kilómetros al norte, parte de la guarnición de la plaza fuerte de Cartagena amenazó con la rebelión. Bolívar se detuvo en la localidad de Bucaramanga, en plena montaña, y examino el dilema político: "Si voy al Norte, el Sur se desintegrará; si voy al Sur, el Norte se rebelará."

Bolívar, perplejo y vacilante, no fue a ningún sitio. Se quedó en Bucaramanga, un lugar estratégico, desde el que podía acudir a cual­quier punto del compás. Y allí permaneció en febril impotencia, entre­gando la dirección del Congreso de Ocaña al general O'Leary. Fue éste quien leyó el mensaje de Bolívar a la convención en la Iglesia de San Francisco, el 2 de abril:

"Sin fuerza no hay virtud; sin virtud el Estado muere. La anarquía destruye la libertad; pero la unión la preserva. Dadnos, señores, leyes inexorables... Si la convención no se conduce con cordura y el pueblo con prudencia, comenzará una guerra civil y Dios sólo sabe cómo terminará..."

La convención comenzó mal para Bolívar. Sus enemigos políticos lo vencieron en casi todas las votaciones, artículo por artículo. Su nue­va Constitución quedó tan aguada que comenzaron a perderse todas las facultades ejecutivas que se habían pretendido obtener. Bolívar recha­zó como indigna la idea de presentarse en la convención para influir en la opinión de los delegados. Luego, cuando decidió finalmente presentarse de todos modos, fueron sus delegados quienes clamaron unáni­mes: "No venga, Excelencia, que su presencia será mal interpretada."

Bolívar vacilaba entre ir o quedarse. "No puedo mejorar las cosas porque no tengo poder para hacerlo. No puedo pasar por encima de las barreras de una Constitución que estoy llamado a defender. No puedo cambiar las leyes de nuestro sistema de gobierno. No soy Dios y no pue­do cambiar los hombres y las cosas..." Y amenazó con renunciar si la convención no abandonaba sus intrigas.

O'Leary, que dirigía la lucha, juró en buen irlandés cuando leyó esta carta y contestó de manera terminante:

"Por el amor de Dios, no diga en sus cartas que va a abandonar el país, aunque tal sea su decisión irrevocable, porque eso procura ánimos y armas a sus enemigos y perju­dica a sus buenos amigos."

Se quedó, pues, Bolívar en Bucaramanga durante los sesenta días de la convención, frustrado, enfadado, constantemente aburrido. Por las mañanas, paseaba por el campo montado en su Paloma Blanca y vestido como un hidalgo rural: pantalones blancos de franela atados bajo las relucientes botas de cordobán, levita azul, corbatín negro y, como pro­bación para el tostado rostro, un panamá de anchas alas. Por las tar­des descansaba en su hamaca o dictaba a sus secretarios. Pero, llegada la noche, volvía el enfado a escocerle. Sus acompañantes tuvieron que informar en esta época con demasiada frecuencia: "El Libertador esta­ba de mal humor."

Esta frase se repite constantemente en un diario de estos sesen­ta días. Con el presente salido de madre, Simón Bolívar retornaba a su pasado y, en estos momentos de mal humor, se dedicaba a la recor­dación con su confidente francés, el coronel Louis Péroux de Lacroix. Sacaba a relucir historias de su juventud, su vida en París cuando fre­cuentaba los salones de los poderosos. Había contratado a un profesor de baile para su querida, dispuesto de un palco en la ópera y paseado por las calles en un landó abierto lleno de dorados, con lacayos de empolvadas pelucas. Recordó los días en que poseyó a Fanny du Villar reemplazando tanto a su marido, un mariscal de Francia, como a su amante, el mismo Luis XVIII. Hacía muy poco había tenido carta de esta misma Fanny: "Al cabo de veinticinco años... mi primer amor .. todavía me acompañas ... Dime ( pero con tu propia mano) que todavía recuerdas nuestro amor." Y Fanny le había enviado un retrato al pastel.

Péroux de Lacroix era un pintoresco pícaro. Buen militar y leal amigo de Bolívar —afecto también a Manuela—, sus orígenes eran tan oscuros que nadie podía extraerlos de las leyendas que él mismo inven­taba. Había nacido en Francia en 1781 y servido en el estado mayor da Napoleón durante la invasión de Rusia. Luego se fue a Estocolmo con los Bernadotte y más adelante fue enviado a Inglaterra, probablemente para espiar a Luis XVIII, quien había sido conservado allí en hielo diplomático hasta que pudo ser utilizado contra Napoleón. Lacroix era tan camaleón como Talleyrand; a pesar de ser un espía, se convirtió en el confidente del monarca, de manera que, cuando Napoleón se hundió en sus propias contradicciones, algo se pudo salvar del naufragio. Pronto estuvo operando con una flota de contrabando frente a las costas de Colombia. En 1823 ingresó en el ejército de Bolívar. Ahora formaba parte de la gran causa, leal y discreto.

Pero, mientras Lacroix consignaba las divagaciones de su general, el mundo de Bolívar se estaba abriendo por todas sus costuras, convención continuaba desarrollándose muy mal. En el enrarecido ambiente de la Iglesia de San Francisco, el cerebro se embotaba, las sienes latían y los ojos se oscurecían con un velo de sangre. La batalla política había pasado de las ideas a las personalidades; se había convertido en una lucha a muerte entre Bolívar y Santander. No había dioses que habitaran el Olimpo, sino hombres con apetitos humanos. La oposición sospechaba que Bolívar quería ser un dictador y, durante los debate sobre el lenguaje de la Constitución, su nombre era pronunciado entre execraciones.

"Esos miserables —dijo Bolívar— me deben hasta el aire que res­piran y, sin embargo, se atreven a sospechar de mí."

* * *

 

En esto, Padilla se sublevó.

El suceso era esperado en Cartagena desde hacía algún tiempo; tal había sido uno de los principales motivos de que Bolívar se quedara en Bucaramanga, lugar estratégico. El sublevado era un hombre de San­tander; su proceder indicaba que, si la convención iba mal para la opo­sición, la revuelta militar sería el próximo paso.

Padilla era un hombrachón, un enorme mulato de cabeza rizada y ojos bizcos. En las luchas revolucionarias había sido un héroe; en una ocasión había derrotado a una flota enemiga en un combate naval. Aho­ra se mostraba confuso e inquieto. Y seguía siendo temerario y violen­to. Y también sanguinario. Una vez, sospechó que otro oficial estaba utilizando en el juego dados cargados, pero no dijo nada hasta que el hombre alargó la mano para retirar el montón de pesos de plata. En ese momento, Padilla sacó un cuchillo y clavó aquella mano en la mesa; el desdichado oficial quedó retorciéndose como una mariposa traspasada. Hacía muy poco el terrible mulato había proclamado públicamente que su esposa —que no podía soportar más sus ferocidades amorosas— era una ramera. Ahora se había sublevado. El cónsul norteamericano in­formó del asunto a Henry Clay:

"Esta ciudad ha estado varios días en estado de alar­ma. Las viviendas de todos los habitantes han permanecido cerradas por temor a un comienzo de hostilidades entre las diferentes facciones. El General Padilla, un hombre de co­lor, era el motivo de esta excitación. Huyó a medianoche y se fue hacia Ocaña... con el fin de verse con Santander, quien, según se decía, era su consejero en este reciente asunto."

Y así, para agobio de Bolívar, cuando no era Padilla, era Páez y, cuando no era este simplista teófago, era Francisco de Paula Santander. Todo esto hizo que Manuela escribiera a Bolívar:

"En correo pasado nada dije a usted sobre Cartagena por no hablar a usted de cosas desagradables; ahora lo hago felicitándole porque la cosa no fue como lo deseaban. Esto más ha hecho Santander, no creyendo lo demás bastante; es para que lo fusilemos.

Dios quiera que mueran todos estos malvados que se llaman Paula, Padilla, Páez, pues de este último siempre es­pero algo. Sería el gran día de Colombia el día que estos viles muriesen; éstos y otros son los que lo están sacrificando con sus maldades para hacerlo víctima un día u otro. Éste es el pensamiento más humano: que mueran diez para salvar mi­llones."

Y pronto Bolívar escribió a Manuela desde Bucaramanga:

 

"Bucaramanga, 3 de abril (de 1828).

Albricia.

Recibí, mi buena Manuela, tus tres cartas, lo que me ha llenado de mil afectos; cada una tiene su mérito y su gracia particular. No falté a la oferta de la carta, pero no vi a Torres, y la mandé con Ur (Urdaneta), que te la dio. Una de tus cartas está muy tierna y me penetra de ternura, la otra me divirtió mucho por tu buen humor y la tercera me satisface de las injurias pasadas y no merecidas. A todo voy a contes­tar con una palabra más elocuente que tu Eloísa, tu modelo. Me voy para Bogotá. Ya no voy a Venezuela. Tampoco pienso en pasar a Cartagena y probablemente nos veremos muy pron­to. ¿Qué tal? ¿No te gusta? Pues, amiga, así soy yo, que te ama de toda su alma."

En Colombia, tal vez fuera Bolívar el único que amara a Manuela con toda su alma. Los detractores de la Sáenz eran ahora legión, primera cosa de que hablaban las mujeres cuando tomaban su chocolate matutino era de la última travesura de Manuela. En la calle, los hom­bres se comunicaban intencionados relatos acerca de ella. Era una mu­jer que había creado ante todo muchos resentimientos. No gustaba a la gente el modo en que se gastaba con Manuela el dinero de una tesorería escuálida. El general Urdaneta proveía con frecuencia:

"Mi querido General Bolívar: adjunta una carta de Manuelita. El Coronel Barriga, el habilitado, no trajo dinero para ella, pero no carece de él. Yo se lo di."

Por las noches, había fiestas en la Quinta y Manuela se presentaba en ella con vestidos de última moda. Estaba en posesión de las últimas revistas —London Mail, Variedades—, y copiaba de ellas vestidos que eran la envidia de todas las mujeres de Bogotá. Cuando apareció con un vestido de terciopelo azul, cola corta bordada en oro, mangas cortas y largos guantes de cabritilla traídos de París, las lenguas de todas las damas soltaron puro veneno. Manuela reaccionaba ante esto como siem­pre. Con un total desprecio por los prejuicios sociales, echaba en cara a todas sus propios devaneos. Llegada la noche, en la Quinta, en compa­ñía de la Legión Británica u otras personas de Bogotá, permitía a su esclava que caricaturizara a las mujeres de la ciudad. "Lolo" Boussingault, un hombre de ciencia francés que vivía en Bogotá, escribió a su casa acerca de esto:

"Por la noche Manuelita experimenta una metamorfo­sis; a mi juicio, suele estar bajo los efectos de unas cuantas copas de oporto, al que es muy aficionada. Desde luego, lleva afeites, está muy peinada y es muy animada y alegre, pero usa expresiones muy atrevidas."

Y de Jonotás, la esclava, dijo:

"Debo decir que Manuelita nunca está sin una joven es­clava, una mulata de cabello ensortijado, de rostro duro y siempre vestida como un soldado.

Esta Jonatás es el alter ego de Manuelita. Un ser sin­gular, comediante y mímica de primera clase que hubiera triunfado en cualquier teatro. Tiene un don asombroso para las imitaciones. Su rostro es impasible. Como actriz, hace las cosas más cómicas con una seriedad imperturbable. Le oí imitar a un fraile que predicaba la Pasión; nada había más risible. Durante casi una hora permanecimos bajo el hechizo de su elocuencia y sus ademanes; reproducía con exactitud completa las entonaciones de los frailes."

Nadie escapaba al castigo. Toda mujer que había criticado a Manuela quedaba en la picota. Doña Teresa del Castillo y Rada, la esposa del ministro de Hacienda de Bolívar —la buena señora parecía una tortuga—, hizo una mal disimulada referencia a la esterilidad de Manue­la; la actriz-esclava replicó can una caricatura. "Muy indecoroso y muy imprudente", comentó el francés. Y Ana, la esposa de un miembro de la famosa familia Pombo, fue ridiculizada, como sólo Jonotás sabía hacerlo … por su fecundidad inagotable.

Se hablaba de todo esto. No había paredes que pudieran ocultarlo. Llego la cosa a oídos del secretario de Estado, quien quedó escandaliza­do ante la lenta desintegración de la reputación de Bolívar. José María Restrepo era el patriarca de los Restrepo, una poderosa y fecunda tribu del estado de Antioquía. Eran abogados, tradicionalistas y gente de ho­nor. Don José era un hombre de aspecto muy serio, con la curva nariz de un judío sefardita. Había conducido la política exterior de Bolívar a través de todas las vicisitudes de los pasados años, pero ahora estaba abrumado por la acumulación de amarguras y las extravagancias de Manuela...

La vida se estaba haciendo difícil.

Hasta se hablaba de atentados, de asesinato. Manuela lo supo por el coronel Fergusson, quien la visitó después de estar con el General:

"Su Excelencia, separado de nosotros, permaneció buena distancia durante más de hora y media, pero nunca lo perdimos de vista, aunque él trató en más de una ocasión de escapar a nuestra vigilancia. Cuando volvimos, nos dijo:

—Me están guardando como si temieran una conspiración contra mi vida. Háblenme con franqueza: ¿alguien les ha escrito desde la convención?

Como nadie contestaba, saqué de mi casaca militar una carta de O'Leary. La leyó, levantó la cabeza y fijó sus ojob mí:

—¿Sabía todo lo de esta carta?

—Sí.

—Entonces —continuó Bolívar— lean ustedes lo que Briceño me ha escrito —y nos entregó una carta—. No enseñado esta carta a nadie; no he hablado con nadie del asunto, pero, como veo que se trata del mismo incidente, r hay razón para que ustedes no sepan que los temores de O'Leary están justificados."

¡Asesinato! Simón Bolívar estaba, pues, en peligro de tener a propios idus de marzo.

Manuela enseñó a Fergusson algunas de las últimas papeluchas que habían circulado por la ciudad o aparecido en el Conductor, llaman­do a Bolívar "tirano" entre otras cosas; estaba indignada. Sabía quién era el autor. Era el bravío Vicente Azuero, quien mezclaba vitriolo a  la tinta de imprenta. Su cabello gris no le había procurado la prudencian de los años. Manuela decidió ayudarlo a adquirir buen juicio: le envió para comenzar la educación, un fornido lancero negro a una calle Bogotá. Este soldado encontró al viejo Azuero en la Calle del Comercio distribuyendo las calumnias del momento contra Bolívar. Azuero fue derribado de un puñetazo y, en seguida, el lancero comenzó a machacar el rostro del folletista con las botas de altos tacones. En este momento apareció el general Córdoba. Volvía de su visita a su novia de rosadas mejillas, Fanny Henderson, y vio cómo aquel gigante estaba desmayan­do a golpes a un pobre viejo. Córdoba sacó su espada, arrimó al lancero a la pared y libró a Azuero de la muerte.

Pero antes de que Córdoba pudiera tomar medida alguna contra Manuela, Fergusson estaba haciendo pedazos personalmente la ofici­na de otra hoja de escándalos, llamada Incombustible. Sorprendió al joven Florentino González en el acto de componer otro insultante y bilioso ataque contra Bolívar, un ataque en el que se invitaba a la "muerte del tirano". Había aquí algo más que política, porque Gonzá­lez se había casado con una desechada querida de Bolívar, la bella Bernardina. El Libertador había escrito a esta Bernardina una carta que casi todos conocían: "Mi adorable Bernardina... todo en ti es amor... tú eres todo para mí..."; González tenía muchos resentimien­tos contra Bolívar, pero, en aquel momento, desplazó todo su odio ha­cia Fergusson. El furibundo irlandés golpeó a González hasta dejarlo mu sentido y, en seguida, se dedicó a destrozar aquella imprenta es­pecializada en el escándalo.

La oposición, en cuanto se enteró del asunto, reclamó la cabeza de Fergusson y pidió a Bolívar que interviniera. Simón Bolívar estaba ha­ciendo algo, pero no lo que la oposición esperaba. Ordenó a sus delega­dos, que eran ahora una minoría política en Ocaña, que abandonaran la convención; así, por no existir ya quorum, el Congreso tuvo que disolverse. Los delegados vieron que se les privaba de sus mandatos y que todas las decisiones del Congreso quedaban desautorizadas. Se llamó al ejército, Bolívar cambió su atuendo civil por el uniforme militar y declaró vacante el cargo de Vicepresidente. Luego entró en Bogotá con sus tropas.

—Ahora que el toro ha salido, veremos quién tiene el coraje de aguantarlo por la cola.

El 13 de julio, en la gran plaza frente a la Catedral, ante todos sus muy condecorados generales, Bolívar prestó el juramento de su cargo y asumió poderes dictatoriales sobre la República:

"El bien de la República no consiste en una dictadura odiosa. La dictadura es gloriosa únicamente cuando cierra el abismo de la revolución, pero ay del pueblo que se acostum­bra a vivir bajo un régimen dictatorial."

Ahora, sin buscar ya refugio en el disimulo, se movía con determinación. Estaba dispuesto a poner fin al caos. Eligió como residencia oficial el Palacio de San Carlos y firmó una serie de decretos en un intento de ayudar a la economía del país. No quería vengarse; su único afán era que terminara la anarquía política, que sanaran las heridas de la lucha de facciones. Todo debía de hacerse con bienséance. Todo debía tener buena cara. Así, para evitar el baldón público, se designó a Santander primer ministro en los Estados Unidos. La seguridad del país, su misma existencia, dependía ahora de la suavidad, de cómo Bolívar apaciguara los ánimos. Entretanto, se había olvidado de Manuela.

Pero ella no lo había olvidado. El 24 de julio era el cumpleaños Bolívar y Manuela, como señora de la Quinta, preparó la mansión para las celebraciones. Se adornaron con banderas las fachadas del edificio y se colocaron en el jardín mesas llenas de alimentos y bebidas con la "conveniente elegancia". Bolívar no asistió, pero sí lo hicieron los miembros de su Consejo y, para que hubiera una sanción oficial, una compañía del batallón de Granaderos hizo ejercicios frente a la villa en honor de los invitados. Manuela ordenó que sus criados sacaran barriles de chicha para los soldados, mientras dentro de la Quinta las personas calidad bebían un fuerte oporto.

"Cuando el vino hizo sus efectos —dijo uno de los participantes en la fiesta—, uno de los invitados tuvo la mala ocurrencia de mencionar el nombre de Santander. Fue como chispa que cayera en un barril de pólvora. Con sus lenguas sueltas, todos los invitados dedicaron invectivas al hombre quien juzgaban el principal enemigo de Bolívar. Y, en momento todavía más desdichado, otro de los invitados propuso que, siguiendo una costumbre española, se fusilara a Santander en efigie."

Manuela aceptó la propuesta. Jonotás trajo un saco, lo llenaron de trapos, lo vistieron con un desechado uniforme de oficial y pusieron este "Santander" un bicornio. La misma Manuela dibujó la cara del enemigo; logró en cierto modo reproducir la expresión altanera, los negros ojos, los largos mostachos. Y por si hubiera alguna duda acerca de quién era el personaje, pintó un letrero y lo colgó del muñeco: Francisco Santander, ejecutado por traición.

Un pelotón de soldados, que ya comenzaban a sentir los efectos de la chicha, se llevó con ampulosidad burlesca a "Santander" hasta puertas de la finca y lo arrimó a la pared. El deán de la Catedral comprometió la dignidad de sus ropas administrando a la efigie los últimos ritos de la Iglesia. Luego, intervino Crofston.

El coronel Richard Crofston, de la Legión Británica, era un irlandés tan impetuoso como Fergusson y tan imprevisible como Manuela. Se decía que se había entendido con Jonotás. "Llevaba uniforme da varón y el cabello corto, pero esto no impidió que Richard Crofston la qui­siera y que ella correspondiera."

Crofston ordenó a su ayudante que diera la orden de fuego. En el primer destello de cordura del día, el oficial colombiano envainó su es­pada y dijo:

—Me niego, mi coronel, a participar en esta indigna farsa. Crofston le dedicó un juramento, le impuso un arresto y, en segui­da, sacó su propia espada, formó a los soldados y dio la orden de fuego. "Santander" se desintegró ante la descarga.

* * *

 

Fue una descarga que se oyó en todo Bogotá.

En un impulso de irresponsabilidad, Manuela había destruido to­dos los cuidadosos planes de la política de Bolívar. Fue el viejo enemigo de Manuela, Córdoba, quien facilitó los detalles del asunto al Liberta­dor. Escribió a Bolívar una carta muy áspera y franca.

Solo en su fría residencia, Bolívar se paseaba por la habitación. Durante toda la tarde, sus ayudantes oyeron el clic-clic de sus botas militares que golpeaban el suelo con la sonoridad de unas castañuelas. A última hora de la tarde del 29 de julio, llamó a su secretario y le dictó parte de una carta; luego, asqueado, se levantó, quitó bruscamente el papel al sorprendido colaborador, lo despidió secamente, se sentó y es­cribió el mensaje de su puño y letra:

"Mi querido General:

Sabe Ud. que yo lo conozco a Ud., por lo que no puedo sentirme con lo que Ud. me dice. Ciertamente conozco tam­bién, y más que nadie, las locuras que hacen mis amigos. Por esta carta verá Ud. que no los mimo. Yo pienso suspender al comandante (Richard Crofston) de "Granaderos" y mandarlo fuera del cuerpo, a servir a otra parte. Él solo es culpable, pues lo demás tiene excusa legal, quiero decir, que no es un crimen público, pero sí eminentemente torpe y miserable.

En cuanto a la amable loca, ¿qué quiere Ud. que yo le diga a Ud.? Ud. la conoce de tiempo atrás. Yo he procurado separarme de ella, pero no se puede nada contra una resis­tencia como la suya; sin embargo, luego que pase este suce­so, pienso hacer el más determinado esfuerzo por hacerla marchar a su país o donde quiera..."

данильченко юрій броніславович компромат
Last Updated on Thursday, 15 May 2014 02:15